
«Días, meses, años», de Yan Lianke: un manual de supervivencia.
En la pasada Feria del Libro de Madrid tuve la oportunidad de acercarme a la caseta de la editorial Automática. He leído con anterioridad algunos de sus libros, pero sentía que no estaba captando del todo la esencia de la editorial, lo que enraíza sus títulos publicados, lo que la dio forma en un comienzo. Por suerte, pude atender una suerte de «clase magistral» de su catálogo y, a raíz de ello, llevarme varios títulos, entre ellos Días, meses, años, de Yan Lianke.
Días, meses, años es un título que enmarcaríamos, de entrada, en la literatura de supervivencia, centrada además en la tercera edad. No puedo por ello dejar de revisitar el cuento de Jack London, La ley de vida, con una temática común y una dignificación patente de la población más anciana. Publicada originalmente en chino con el título《年月日》 (Nián yuè rì, literalmente «Año, mes, día»), esta novela corta de Yan Lianke apareció en 1997 en la revista literaria Shouhuo (收获). En 2001 recibió el segundo Premio de Literatura Lu Xun en la categoría de novela corta, uno de los reconocimientos literarios más importantes de China.
En España, Días, meses, años fue publicada por Automática Editorial en 2019, en traducción de Belén Cuadra Mora. No es quizás su obra más destacada, pero se trata un libro breve —apenas 114 páginas en esta edición— que contiene una historia de dimensiones casi míticas y que permite entrar en el resto de sus títulos —siete publicados en la editorial hasta el momento— con un signo de admiración.
El último hombre de la aldea
El argumento de Días, meses, años, es de una sencillez apabullante: una aldea de la sierra de Balou queda arrasada por una sequía. La tierra se convierte en un territorio inhabitable donde los animales mueren o huyen y los cultivos no logran persistir ante la ausencia de agua. En esa situación los habitantes de la aldea emprenden el éxodo, abandonan sus casas y parten en busca de agua y de un lugar donde sobrevivir.
Solo un anciano de setenta y dos años decide quedarse. Con él permanecen un perro ciego y una única planta de maíz. Tres elementos para una novela que trasciende más allá de la supervivencia para ofrecernos una historia de memoria colectiva, muerte, responsabilidad y optimismo ante el futuro. El anciano es conocedor de que —como en la historia de London— su cuerpo ya no puede recorrer largas distancias y no podría mantener el ritmo del grupo, convirtiéndose en una rémora. Pero, en la aldea, su experiencia tiene un valor: una planta de maíz ha sobrevivido y vuelca toda su sabiduría y su esfuerzo en lograr mantenerla con vida hasta que la gente regrese. Ofrece lo único que tiene: conservar la esperanza para su gente, a pesar de que está convencido de que sus posibilidades de supervivencia son nulas.
Hay algo terriblemente épico en asistir como lector la lucha por crear un futuro mejor del que no será parte. El maíz no le servirá de alimento; debe obtener sus semillas para cultivarlas a su vez; cada grano es la promesa de una cosecha futura.
Una planta: la promesa del futuro
Si el anciano representa la esperanza asentada en el conocimiento, la planta, por su parte, es una promesa y, también, es una medida del tiempo. La novela, que abarca aproximadamente un año, no se mide de acuerdo a un calendario humano, sino al primitivo pero determinante calendario agrícola, al que determinaba la supervivencia de nuestros ancestros, obligados a acomodarse a las estaciones para aumentar sus probabilidades de supervivencia. Es un tiempo que está marcado por las necesidades más básicas: conseguir agua, comida, proteger el maíz, descansar, defenderse de depredadores, resistir la sequía.
El título chino, 年月日, resulta especialmente significativo en este sentido. Descompone la narrativa en la idea de que es necesario ir paso a paso, día a día para poder completar unidades temporales mayores. Sin días no llegamos a meses, sin meses no completamos el ciclo anual. La supervivencia se plantea a horas vista.
El perro: el factor emocional.
Uno de los mayores aciertos de Yan Lianke consiste en que ha reducido la novela a una estructura casi elemental, básica, poderosa en su fondo pero sencilla en su planteamiento narrativo. Tenemos un anciano. Tenemos una planta. Tenemos un perro. Todo el universo del libro se engloba en esos tres elementos.
El perro es quizás el elemento más interesante porque, a diferencia de lo que cabría pensar, es el encargado de introducir la dimensión más humana, entendida como la afectiva o emocional, que da dimensión —nunca mejor dicho— al texto, lo enriquece y da al hombre una humanidad que no quedaría manifiesta de no existir el perro. El animal depende del anciano y el anciano depende del animal. Ambos están solos y ambos se brindan compañía mutua. En algunos momentos, la relación entre hombre y perro resulta más profunda que muchas relaciones humanas.
Con esto Yan Lianke introduce una de las características más reconocibles de su narrativa: la disolución de las fronteras entre lo humano y lo no humano. El perro no es simplemente un animal, de igual forma que la planta tampoco es únicamente un objeto que el anciano protege. Poco a poco, todo en la novela adquiere una sensación de conciencia propia: el paisaje, el sol que parece tener cuerpo (y masa, como describe en un párrafo hermosísimo), el calor, el tiempo, los depredadores, los roedores…
Una reseña del Kenyon Review destacó precisamente esa cualidad de la obra: animales humanizados, fantasmas, naturaleza convertida en una fuerza casi monstruosa y sonidos, colores o elementos físicos tratados como si poseyeran una existencia propia más allá de lo material, sobrepasando con ello la etiqueta de Yan Lianke de escritor «realista».
La literatura de la catástrofe
La sequía de Días, meses, años puede leerse literalmente. Pero también puede interpretarse como una catástrofe histórica.Yan Lianke nació en 1958, precisamente el año en que comenzó el Gran Salto Adelante de Mao Zedong, la campaña de medidas económicas, sociales y políticas que desembocaría en una de las mayores hambrunas de la historia contemporánea. Aunque Días, meses, años no es una novela histórica sobre el Gran Salto Adelante y no menciona explícitamente aquel episodio, resulta difícil leerla al margen de la experiencia histórica de una generación marcada por el hambre.
La coincidencia biográfica resulta todavía más significativa cuando observamos la trayectoria posterior del escritor. En muchas de sus obras, Yan regresará una y otra vez a comunidades rurales sometidas a algún tipo de catástrofe: la epidemia de sida provocada por la venta de sangre en El sueño de la aldea Ding o la explotación y el delirio económico en Los besos de Lenin, por ejemplo.
Pero en Días, meses, años la historia política ha desaparecido de la superficie y ha quedado inscrita en una representación más básica, una suerte de cubismo, de reducir a la mínima expresión los detalles y dejar que las sensaciones hablen por el resto.
Yan Lianke, un escritor nacido en la pobreza
Yan Lianke nació en 1958 en el condado de Song, en la provincia de Henan, en el seno de una familia campesina. La propia Universidad de Ciencia y Tecnología de Hong Kong señala que creció como hijo de agricultores analfabetos y que desde muy joven quiso escapar de las condiciones de pobreza en las que había nacido.

En 1978 ingresó en el Ejército Popular de Liberación. Allí comenzó una doble trayectoria que resulta fundamental para entender su literatura: durante el día escribía textos de propaganda y por la noche literatura. En 1985 se graduó en Educación Política por la Universidad de Henan y en 1991 obtuvo un título de Literatura en la Academia de Arte del Ejército Popular de Liberación. Su carrera literaria había comenzado, sin embargo, en 1979. Esta formación dentro del aparato militar y propagandístico resulta paradójica: Yan acabaría convirtiéndose en uno de los escritores chinos más incómodos para el poder.
Yan pertenece a una generación que experimentó transformaciones radicales: la Revolución Cultural, las campañas políticas, la apertura económica, la urbanización acelerada y la transformación de la China rural. De ahí que su obra esté constantemente atravesada por una pregunta: ¿qué ocurre con las personas que quedan debajo de los grandes relatos de la historia? Sus personajes suelen ser campesinos, enfermos, marginados, soldados, funcionarios, personas con discapacidad, ancianos o habitantes de comunidades periféricas. Es decir, personas que rara vez ocupan el centro de la historia oficial.
En 2004 abandonó el ejército después de la publicación de Los besos de Lenin, una novela satírica sobre la transformación económica de China. Varias de sus obras fueron prohibidas, retiradas o tuvieron problemas para ser publicadas en China. El sueño de la aldea Ding, por ejemplo, fue publicado inicialmente y posteriormente prohibido; Al servicio del pueblo fue directamente censurado; y Los cuatro libros, una ficción sobre la hambruna del Gran Salto Adelante, no pudo publicarse en la China continental.
El propio Yan ha hablado en numerosas ocasiones de la autocensura. En una entrevista de 2021 explicaba que una de sus preocupaciones era que llegara un momento en que ya no pudiera escribir, y advertía de que la lectura occidental de su obra corre a veces el riesgo de reducirla exclusivamente a su dimensión política.
Yan Lianke ocupa hoy un lugar excepcional dentro de la literatura china contemporánea y ha contribuido a ampliar sus posibilidades fuera de los estereotipos que se le asignan desde occidente. Su literatura narra la Historia en mayúsculas sin dejar de lado el enfoque minimalista de los seres humanos individuales.
Del realismo al «mitorrealismo»
Yan Lianke transforma la realidad, la exagera, la deforma, la convierte en una fábula. Una sequía convierte a un anciano, un perro y una planta de maíz en los protagonistas de una epopeya. Quizás la etiqueta más útil con la que se le ha tratado de enscasillar sea la de mitorrealismo, porque permite entender que Yan no pretende abandonar la realidad, sino acceder a ella mediante el mito.
En Días, meses, años, una historia mínima adquiere estructura de leyenda. En especial su final, no por inesperado poco impactante, tiene esa cualidad de heroico, de mito que perdurará a lo largo de generaciones, de historia que se contará junto al fuego.
La novela puede entenderse también como una reflexión sobre aquello que legamos a próximas generaciones. ¿Qué dejamos cuando desaparecemos? ¿cómo nos recordarán, si lo hacen? El anciano solo tiene pensamientos dirigidos a la supervivencia de la planta; sabe que su existencia es vital para los demás residentes. Pero eso supone que ellos deberán volver en algún momento, algo que no se da por cierto, cubriendo de melancolía la historia.
Una novela sobre el futuro
La sequía, la desertificación, la pérdida de cosechas, el desplazamiento de poblaciones y la lucha por el agua forman parte ya la narrativa literaria como reflejo de una realidad ensombrecida por el cambio climático. Pero reducir Días, meses, años a una novela «ecologista» sería también empobrecerla. La naturaleza de Yan no es una naturaleza idealizada. No estamos ante una celebración romántica del campo. Es una naturaleza hostil, agotada, casi monstruosa.
El campo no aparece como refugio frente a la civilización. Aparece como un territorio donde la vida humana queda expuesta a sus condiciones más elementales. Y, sin embargo, el escritor tampoco desprecia la vida campesina. Al contrario: la observa con una mezcla de crudeza, respeto y afecto.
Días, meses, años es una novela con un punto directo, árido en su narrativa y, sin embargo, con una fuerte carga sensorial y una muy difícil transmisión en su traducción de su lenguaje poético característico. Es una novela sobre la resistencia, sobre la perseverancia, pero alejada del modelo de triunfo occidental: no es necesariamente una novela sobre la victoria, al menos no entendida como el honor frente a los demás del protagonista.
Es una novela de una enorme belleza sobre la posibilidad de un futuro que no nos pertenece pero con el que tenemos que comprometernos.

- Título: Días, meses, años
- Autor: Yan Lianke (traducción de Belén Cuadra Mora)
- Editorial: Automática (podéis leer más información sobre el libro aquí)
- 114 páginas. 15,50 Euros (formato papel); 7,80 euros (formato digital)